Arturo Borda: sus obras más importantes y el significado de cada una

Arturo Borda, Crítica de los ismos y triunfo del arte clásico, 1948
Arturo Borda, Crítica de los ismos y triunfo del arte clásico (1948), óleo sobre lienzo, 119 × 142 cm. Museo Casa Pedro Domingo Murillo, La Paz.

Arturo Borda (La Paz, 1883–1953) construyó una de las obras más singulares de la pintura boliviana del siglo XX. Paisajes andinos, retratos, personajes populares y composiciones simbólicas aparecen en una producción difícil de reducir a un único movimiento artístico.

En sus pinturas conviven la observación de la realidad, el paisaje boliviano y una marcada dimensión simbólica. Esta selección reúne cinco obras que permiten acercarse a distintas facetas de su producción y comprender algunos de los temas que atraviesan su pintura: el mundo andino, el territorio, la memoria familiar, la violencia y la reflexión sobre el propio arte.


Las pinturas más importantes de Arturo Borda

El Yatiri (1918)

Arturo Borda, El Yatiri (1918), óleo sobre lienzo
Arturo Borda, El Yatiri (1918), óleo sobre lienzo, 130 × 179 cm. Un yatiri aymara lee las hojas de coca ante tres mujeres.

En El Yatiri, Arturo Borda sitúa en el centro de la escena a un yatiri que realiza una lectura ritual de las hojas de coca ante tres mujeres. La escena está construida alrededor del conocimiento y de la atención que despierta la consulta, mientras el paisaje del altiplano amplía el espacio de la representación.

La obra resulta especialmente interesante por el proceso utilizado para construirla: Borda recurrió a una fotografía preparatoria en la que los modelos aparecen posando en el patio de su casa. Posteriormente trasladó esa disposición al lienzo y sustituyó el espacio doméstico por el paisaje andino. La relación entre fotografía y pintura permite observar cómo el artista utilizaba la cámara como herramienta de trabajo.

El Yatiri es, además, una de las obras de Borda en las que la cultura andina ocupa el centro de la representación.

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El Illimani 

Arturo Borda, Illimani, 1944, paisaje de la montaña de La Paz
Arturo Borda, Illimani (1944), óleo sobre cartón, 74 × 107 cm. Museo Casa de Pedro Domingo Murillo, Museos Municipales de La Paz.

Illimani

El Illimani fue mucho más que un motivo de paisaje para Arturo Borda. La montaña aparece repetidamente en su producción y llegó a convertirse en una de las imágenes más reconocibles de su pintura.

En esta versión de 1944, Borda concentra la composición en la presencia monumental de la cordillera. El paisaje aparece despojado de elementos anecdóticos: no necesita figuras humanas ni escenas costumbristas para adquirir fuerza. La montaña domina el espacio y establece una relación entre la ciudad de La Paz y el territorio que la rodea.

El Illimani también permite comprender una característica central de la pintura de Borda: su manera de transformar un elemento concreto del paisaje boliviano en una imagen cargada de significación. La montaña no es solamente aquello que el artista observa; se convierte en una presencia que organiza visualmente el cuadro.

La repetición del Illimani a lo largo de su trayectoria revela hasta qué punto este paisaje fue importante para Borda. En sus representaciones, la montaña puede aparecer como una forma natural imponente, pero también como una presencia permanente asociada a La Paz y al imaginario andino.

La obra de 1944 pertenece a la etapa madura del artista. Está realizada al óleo sobre cartón y mide 74 × 107 cm. Se conserva en el Museo Casa de Pedro Domingo Murillo, perteneciente a los Museos Municipales de La Paz.

Más que describir detalladamente una montaña, Borda construye aquí una imagen del territorio: el Illimani aparece como una presencia que permanece frente al paso del tiempo y que define, visualmente, el horizonte de la ciudad.

Leonor Gozálvez y José Borda (Retrato de los padres del pintor) (1943)

Arturo Borda, Leonor y José, mis padres, retrato de sus padres
Arturo Borda, Leonor y José, mis padres, óleo sobre lienzo, 150 × 133 cm. Retrato de los padres del artista.

Entre las obras de Arturo Borda dedicadas al retrato, Leonor y José, mis padres ocupa un lugar especialmente significativo. El artista representa a sus propios padres, Leonor Gozálvez y José Borda, sentados en un paisaje que amplía el sentido íntimo de la escena.

La composición no se limita a presentar a una pareja. El retrato familiar aparece integrado al entorno y adquiere una dimensión narrativa. Leonor sostiene un rosario y un pequeño libro, mientras José aparece sentado junto a ella, vestido formalmente. Detrás de ambos se extiende un paisaje en el que pueden verse pequeñas figuras humanas.

Esta combinación entre retrato y paisaje es característica de una parte importante de la producción de Borda. Los personajes no están aislados sobre un fondo neutro: forman parte de un espacio que introduce otra dimensión en la pintura.

La obra también permite acercarse al Borda retratista. A lo largo de su trayectoria realizó numerosos retratos de familiares y personas de su entorno, pero en este caso la relación entre los personajes y el propio artista agrega una dimensión autobiográfica.

El cuadro pertenece a una etapa madura de su producción y está realizado al óleo sobre lienzo. La documentación publicada por José de Mesa y Teresa Gisbert registra unas dimensiones de 150 × 133 cm y señala que la fotografía de la obra fue realizada por Teresa Gisbert.

Más que un simple retrato familiar, Leonor y José, mis padres reúne varios aspectos presentes en la pintura de Borda: la observación de los personajes, el paisaje, la memoria familiar y la incorporación de elementos simbólicos dentro de una escena aparentemente cotidiana.

Filicidio

Arturo Borda, El Filicidio, 1918, óleo sobre lienzo
Arturo Borda, El Filicidio (1918), óleo sobre lienzo, 100 × 120 cm. Museo Policial de La Paz.

Pintado en 1918, El Filicidio pertenece al mismo período en el que Arturo Borda realizó El Yatiri. Las dos obras permiten observar una etapa especialmente intensa de su producción, en la que el mundo indígena, la violencia, la condición humana y la crítica social comienzan a adquirir una dimensión simbólica.

La escena de El Filicidio es deliberadamente perturbadora: una cerda aparece devorando el cuerpo de un niño en un paisaje de La Paz. Borda no construye una escena amable ni busca idealizar la realidad. Por el contrario, presenta una imagen violenta que obliga al espectador a enfrentarse con aquello que normalmente permanece oculto.

La obra adquiere además una relación particularmente estrecha con El Loco, el extenso texto literario de Borda. En ese libro aparece el relato de un niño abandonado que es encontrado por una cerda y posteriormente rescatado por una mujer. En la pintura, el episodio adquiere una resolución diferente: el niño no es salvado y la escena se convierte en una imagen de muerte y desamparo.

Esta relación entre pintura y escritura resulta fundamental para comprender El Filicidio. Borda desarrolla temas semejantes en distintos lenguajes y construye alrededor de ellos una reflexión sobre el abandono, la violencia y las formas en que una sociedad puede producir sufrimiento.

El paisaje tampoco funciona como un simple fondo. La escena está situada en un entorno reconocible de La Paz, de modo que la violencia representada queda incorporada al propio territorio. Lo cotidiano y lo terrible aparecen así unidos dentro de una misma imagen.

En este sentido, El Filicidio se distancia de una pintura puramente costumbrista. La escena concreta funciona como punto de partida para una composición simbólica, cargada de tensión y de crítica.

La obra está realizada al óleo sobre lienzo y mide 100 × 120 cm. Actualmente forma parte de las colecciones del Museo Policial de La Paz.

Junto con El Yatiri, El Filicidio marca uno de los momentos fundamentales de la producción temprana de Borda. Mientras en El Yatiri el artista construye una escena relacionada con el conocimiento y la dimensión espiritual del mundo andino, aquí presenta una imagen mucho más oscura, centrada en la violencia y el abandono.

Crítica de los ismos y triunfo del arte clásico

Arturo Borda, Crítica de los ismos y triunfo del arte clásico, 1948
Arturo Borda, Crítica de los ismos y triunfo del arte clásico (1948), óleo sobre lienzo, 119 × 142 cm. Museo Casa Pedro Domingo Murillo, La Paz.

En 1948, Arturo Borda realizó una de sus composiciones alegóricas más complejas: Crítica de los ismos y triunfo del arte clásico. La obra reúne personajes humanos, animales, esculturas, monstruos y elementos del paisaje dentro de una escena construida deliberadamente como un mundo fantástico.

La composición está organizada mediante una fuerte diagonal. En la parte superior derecha aparece un paisaje luminoso en el que se reconoce el Illimani, acompañado por esculturas clásicas y una construcción ante la que arde una hoguera. En contraste, la zona inferior izquierda está ocupada por una multitud de figuras grotescas que parecen avanzar y perseguir a una mujer.

El contraste entre ambos sectores constituye uno de los aspectos centrales de la pintura. De un lado aparece el mundo clásico, asociado a la belleza y a un ideal artístico; del otro, una acumulación de figuras extrañas y deformadas que remiten a las corrientes artísticas modernas que Borda cuestionaba.

Entre las figuras aparecen también varios animales. Monos que pintan y dibujan, una rata, loros y otros personajes participan de una escena deliberadamente absurda. La presencia de estos animales introduce además una reflexión sobre el propio acto de pintar y sobre la imitación en el arte.

La pintura no puede entenderse simplemente como una defensa literal del arte clásico. La propia complejidad de la escena y la manera en que Borda mezcla referencias clásicas, paisaje andino, personajes grotescos y elementos fantásticos hacen que la obra sea mucho más ambigua.

El historiador Pedro Querejazu señala que la obra puede interpretarse como una formulación de las ideas estéticas de Borda y como una reflexión sobre la relación entre los ideales clásicos y las corrientes artísticas de su tiempo.

También resulta significativo que el Illimani aparezca dentro de esta composición. La montaña, que en otras pinturas de Borda constituye el centro mismo del paisaje, aquí forma parte de una escena alegórica mucho más amplia. El territorio boliviano queda así integrado a una reflexión sobre la historia y el sentido del arte.

La obra pertenece a la etapa madura de Borda y permite observar cuánto se había alejado ya de una pintura exclusivamente paisajística o retratística. El artista construye aquí un universo propio, poblado de símbolos y referencias culturales, donde lo clásico y lo contemporáneo aparecen enfrentados.

Crítica de los ismos y triunfo del arte clásico es, por eso, una de las pinturas fundamentales para comprender la dimensión intelectual y simbólica de la obra tardía de Arturo Borda.

El despertar de la naturaleza

Arturo Borda, El despertar de la naturaleza, 1943
Arturo Borda, El despertar de la naturaleza (1943). Una mujer desnuda se despereza junto a un gran felino en el paisaje de los Yungas.

En El despertar de la naturaleza, Arturo Borda transforma el paisaje en una escena simbólica. La pintura presenta a una mujer desnuda que se despereza y estira el cuerpo mientras, detrás de ella, un gran felino realiza un movimiento semejante.

La relación entre ambas figuras es el punto de partida de la obra. Mujer y animal parecen participar de un mismo despertar: los músculos tensos, los brazos extendidos y las garras del felino establecen una correspondencia entre el cuerpo humano y las fuerzas de la naturaleza.

El escenario también resulta fundamental. La escena está situada en un paisaje exuberante de los Yungas, con una vegetación abundante y montañas que aparecen al fondo. Borda no utiliza la naturaleza como un simple decorado, sino como parte activa del significado de la pintura.

La mujer puede entenderse entonces como una representación de la propia naturaleza. Su movimiento parece expresar un despertar, un momento de transformación en el que el paisaje, el cuerpo y el animal participan de una misma fuerza vital.

Esta asociación aparece también en otras obras de Borda. La naturaleza fue uno de los temas recurrentes de su pintura y podía adquirir distintas formas: paisaje, montaña, vegetación, animales o figuras femeninas integradas al entorno.

Pedro Querejazu ha relacionado esta representación con la figura de Artemis, la divinidad clásica vinculada con la caza, los animales silvestres y la naturaleza. El propio autor advierte que se trata de una interpretación posible y no de una identificación definitiva de la figura.

La pintura resulta especialmente interesante porque reúne dos de las preocupaciones constantes de Borda: el paisaje boliviano y la búsqueda de un lenguaje simbólico capaz de expresar ideas que van más allá de la representación literal.

En este caso, el paisaje de los Yungas adquiere una dimensión casi mitológica. La mujer y el felino parecen pertenecer a ese mismo territorio y formar parte de un ciclo natural de movimiento, energía y renovación.

El despertar de la naturaleza muestra así una faceta diferente de Borda respecto de El Yatiri, Illimani o El Filicidio. Ya no se trata de representar una escena concreta de la sociedad o un paisaje aislado, sino de convertir la naturaleza en una imagen simbólica.

La obra pertenece a la etapa madura del artista y permite comprender la importancia que tuvieron el cuerpo, el paisaje y la naturaleza dentro de su universo visual.

Artemis cazadora

Arturo Borda, Artemis cazadora, c. 1950
Arturo Borda, Artemis cazadora (c. 1950), óleo sobre cartón, 75 × 53 cm. Colección particular, La Paz.

En Artemis cazadora, Arturo Borda vuelve a recurrir a la mitología clásica para construir una imagen en la que el cuerpo humano, los animales y el paisaje aparecen estrechamente relacionados.

La figura central es una mujer vestida con una túnica roja que avanza hacia el espectador. En una mano lleva un arco y en la otra sostiene a Cupido por las alas. Lleva además un carcaj con flechas y está acompañada por un lebrel blanco.

El escenario vuelve a ser fundamental. La figura atraviesa un sendero rodeado de una vegetación exuberante, identificado por Pedro Querejazu con el paisaje de los Yungas. La naturaleza boliviana se convierte así en el escenario de una escena tomada de la mitología clásica.

La elección de Artemis no parece casual. En la tradición clásica, la diosa está vinculada con la caza, los animales silvestres y los espacios naturales alejados de la presencia humana. Borda reúne esos elementos en una composición en la que la figura mitológica aparece integrada al paisaje andino.

Uno de los detalles más llamativos es la presencia de Cupido. Artemis lo sostiene por las alas mientras avanza, un gesto que puede interpretarse en relación con la tradición mitológica de una diosa que permanece ajena al amor y a los vínculos matrimoniales.

Querejazu observa además ciertas desproporciones deliberadas en la composición: el pequeño Cupido resulta diminuto frente a la figura de Artemis, mientras que el carcaj y las flechas no guardan una relación naturalista con el tamaño del arco. Estos elementos refuerzan el carácter simbólico y construido de la escena.

La obra guarda una relación especialmente estrecha con El despertar de la naturaleza. En ambas pinturas Borda sitúa una figura femenina en medio de una naturaleza exuberante y utiliza el paisaje como parte esencial de la representación.

Pero mientras en El despertar de la naturaleza la mujer parece confundirse con las fuerzas naturales que la rodean, en Artemis cazadora Borda hace explícita la referencia mitológica.

El resultado es una combinación singular: una diosa de la tradición clásica atraviesa un paisaje de los Yungas bolivianos. El mundo clásico y el territorio andino aparecen así reunidos dentro de una misma imagen.

Artemis cazadora pertenece a la producción tardía de Borda y permite observar una de las características más particulares de su pintura: la apropiación de temas y figuras de la tradición occidental para construir imágenes relacionadas con el paisaje y la sensibilidad del mundo boliviano.

La obra está fechada aproximadamente hacia 1950, realizada al óleo sobre cartón y mide 75 × 53 cm. Pertenece a una colección particular de La Paz.

Las distintas caras de Arturo Borda

Las obras reunidas aquí muestran la diversidad de la pintura de Arturo Borda.

En El Yatiri y El Filicidio aparece con fuerza su interés por el mundo andino y por los conflictos humanos. En Illimani, el paisaje boliviano adquiere una presencia monumental. Los retratos familiares revelan una dimensión más íntima, mientras que Crítica de los ismos y triunfo del arte clásico, El despertar de la naturaleza y Artemis cazadora muestran la importancia de la alegoría, la mitología y el pensamiento simbólico en su producción madura.

El paisaje, por lo tanto, atraviesa buena parte de su obra, pero no siempre cumple la misma función. Puede ser territorio, escenario, símbolo o parte de una construcción alegórica.

La figura humana también cambia de significado: puede representar a una persona concreta, como ocurre en los retratos familiares; a una figura vinculada al mundo andino, como el yatiri; o convertirse en parte de un universo mitológico y simbólico.

Esta diversidad permite acercarse a Arturo Borda más allá de una única categoría. Su pintura reúne paisaje, retrato, mundo andino, simbolismo, alegoría y reflexión sobre el arte dentro de una búsqueda personal desarrollada durante varias décadas.

 Para seguir explorando:


Fuentes consultadas

  • Pedro Querejazu Leyton, Pintura y fotografía, pintores y fotógrafos en la época de Juan Rimša en Bolivia, Revista Ciencia y Cultura, Universidad Católica Boliviana.
  • Pedro Querejazu Leyton, El ideal estético clásico en la obra de Arturo Borda, Classica Boliviana.
  • José de Mesa y Teresa Gisbert, Pintura en Bolivia del siglo XX.
  • Museo Nacional de Arte de Bolivia.
  • Museos Municipales de La Paz.
  • Museo Casa de Pedro Domingo Murillo.
  • Revista municipal Jiwaki, Gobierno Municipal de La Paz.
  • La Razón, documentación sobre las colecciones del Museo Policial de La Paz.
  • EPDLP, fichas de obras de Arturo Borda.