YAKOI KUSAMA: el infinito, la repetición y la pintura
| Yayoi Kusama (Matsumoto, 1929–Tokio, 2026), una de las figuras más reconocibles del arte contemporáneo japonés. |
Yayoi Kusama (Matsumoto, Japón, 1929–Tokio, 2026) desarrolló durante casi ocho décadas una de las obras más singulares del arte contemporáneo. Pintora, escultora, artista de instalaciones, performer y escritora, construyó un universo visual reconocible por sus redes, puntos, acumulaciones, espejos, calabazas y formas que parecen multiplicarse hasta el infinito.
Sin embargo, detrás de la imagen popular de la artista de los lunares existe una trayectoria pictórica mucho más extensa. Desde sus primeras obras realizadas en Japón hasta las grandes series de sus últimos años, Kusama convirtió la repetición en una herramienta para explorar la percepción, el espacio, la identidad y los límites entre el individuo y el mundo.
El propio Museo Yayoi Kusama señala que desde muy joven experimentó visiones y comenzó a realizar imágenes de redes y lunares. Más tarde, esos motivos se convertirían en el fundamento de una investigación que abarcaría pintura, escultura, performance e instalación.
Los comienzos: una pintura todavía alejada de los lunares
Yayoi Kusama nació en 1929 en Matsumoto, en la prefectura japonesa de Nagano. Su familia estaba relacionada con el cultivo y la comercialización de semillas, y las flores y las formas vegetales estuvieron presentes desde muy temprano en su imaginario.
En 1948 ingresó en la Escuela Municipal de Artes y Oficios de Kioto, donde estudió pintura japonesa tradicional. Sin embargo, pronto comenzó a cuestionar las convenciones de esa formación y buscó una manera de pintar más libre y personal.
Una de las obras más reveladoras de este período temprano es Lingering Dream, realizada en 1949, cuando Kusama tenía apenas veinte años.
Pintura realizada durante sus primeros años de formación en Kioto. El Whitney Museum señala la presencia de flores, vegetación y un paisaje de atmósfera inquietante, todavía vinculado con la tradición de la pintura japonesa, pero ya cargado de una intensidad psicológica característica de la artista.
La obra resulta importante porque muestra una Kusama muy diferente de la que se hizo famosa décadas después.
Aquí todavía no encontramos las grandes redes infinitas ni las superficies cubiertas de lunares. Hay, en cambio, flores, vegetación y una naturaleza extraña, casi perturbadora.
El motivo vegetal continuaría apareciendo en su producción posterior, aunque transformado por la repetición y la proliferación.
Los primeros puntos y las formas que se multiplican
Durante los primeros años de la década de 1950 Kusama produjo cientos de dibujos y pinturas sobre papel. En estas obras comenzaron a aparecer muchos de los elementos que después se convertirían en característicos de su lenguaje: puntos, semillas, árboles, formas microscópicas y estructuras que parecen crecer y reproducirse.
Una de las obras tempranas más interesantes es Infinity Nets, de 1951. A diferencia de las grandes pinturas de la serie que Kusama realizaría pocos años después en Nueva York, esta obra está realizada sobre papel y permite observar el desarrollo temprano de su interés por las redes y la repetición.
En estas imágenes todavía es posible reconocer formas orgánicas: semillas, células, flores y organismos microscópicos.
Pero comienza a aparecer una característica que será decisiva: la forma ya no está completamente aislada. Se reproduce, se acumula y parece continuar más allá de sus propios límites.
Nueva York y el nacimiento de las Infinity Nets
En 1957 Kusama viajó a Estados Unidos y en 1958 se instaló en Nueva York.
El cambio fue decisivo. En la ciudad encontró un ambiente artístico mucho más abierto y comenzó a trabajar en grandes superficies que cubría obsesivamente con pequeñas pinceladas repetidas.
Así nacieron las Infinity Nets.
La imagen parece sencilla: una superficie blanca atravesada por una trama delicada.
Pero la experiencia de contemplarla es muy distinta.
No existe un centro evidente ni una figura principal. La red se extiende por todo el cuadro y parece continuar más allá de sus bordes.
Kusama convirtió así la pintura en una experiencia de repetición potencialmente infinita.
El procedimiento tenía además una dimensión física. La artista realizaba una pincelada tras otra durante largas horas, construyendo manualmente una superficie en la que cada pequeña marca era semejante a las anteriores, pero nunca exactamente igual.
El infinito también puede tener color
Las Infinity Nets no fueron únicamente blancas.
Kusama experimentó con distintas tonalidades y llevó la repetición a superficies de enorme tamaño.
Infinity Nets Yellow, 1960
El cambio cromático modifica completamente la experiencia de la obra.
La red continúa siendo repetitiva, pero el fondo amarillo convierte la superficie en algo más vibrante y atmosférico.
Kusama estaba descubriendo que el infinito no necesitaba representarse mediante una imagen concreta. Podía construirse mediante la acumulación de una misma acción pictórica.
De la pintura a la acumulación
La lógica de la repetición pronto comenzó a escapar del lienzo.
En 1962 Kusama realizó Accumulation No. 1, una silla cubierta por numerosas formas blandas cosidas y pintadas.
La silla sigue siendo reconocible, pero queda prácticamente enterrada bajo las formas repetidas.
El principio es el mismo que en las Infinity Nets: una unidad se repite hasta transformar completamente la percepción del conjunto.
Aquí aparece además una idea fundamental para Kusama: la acumulación como forma de desaparición.
Cuando la repetición ocupa el espacio
La expansión de sus motivos llevó naturalmente a Kusama hacia la instalación.
Los puntos y las formas que antes ocupaban un lienzo comenzaron a cubrir objetos, paredes y habitaciones. La artista empezó a crear ambientes en los que el espectador podía entrar físicamente.
En Infinity Mirror Room—Phalli's Field, de 1965, utilizó espejos y cientos de formas blandas cubiertas de puntos para producir un espacio aparentemente infinito.
Ahora el espectador ya no contempla el infinito desde fuera.
Entra en él.
Los espejos multiplican las formas y también multiplican al propio visitante. El cuerpo individual se convierte en una pequeña parte de una imagen que parece no terminar nunca.
Narcissus Garden: reflejos y multiplicación
En 1966 Kusama presentó Narcissus Garden, una instalación formada por centenares de esferas espejadas.
El título hace referencia al mito de Narciso y convierte el reflejo en parte esencial de la obra.
Cada esfera devuelve una imagen distinta. El mundo se multiplica y el espectador queda incorporado a esa multiplicación.
La obra también introdujo una reflexión sobre el mercado del arte y la relación entre artista, objeto y público.
Una pintura que vuelve a expandirse
Después de los años de Nueva York, Kusama regresó a Japón en 1973.
Su producción continuó desarrollándose en distintas direcciones, pero la pintura nunca desapareció.
Una obra como Untitled, de 1978, muestra cómo la artista podía retomar el principio de las Infinity Nets y transformarlo mediante otro procedimiento.
La obra es pequeña en comparación con las enormes telas de Nueva York, pero conserva la misma preocupación.
La red ya no es una trama rígida: se vuelve ondulante, casi orgánica.
El motivo parece expandirse y disolverse simultáneamente.
El color y una nueva etapa pictórica
Durante las décadas siguientes, el color adquirió una presencia cada vez más intensa en la obra de Kusama.
Los puntos permanecieron, pero comenzaron a convivir con formas orgánicas, rostros, ojos, figuras abstractas y composiciones de gran riqueza cromática.
La pintura dejó de ser únicamente una superficie cubierta por una repetición uniforme y comenzó a parecerse a un universo poblado de formas.
My Eternal Soul
En 2009 Kusama comenzó una de las series pictóricas más importantes de su producción tardía: My Eternal Soul.
Durante doce años realizó aproximadamente 900 pinturas pertenecientes a la serie.
Late-night Chat is Filled with Dreams, 2009
Estas pinturas muestran una transformación importante.
Las superficies están llenas de colores intensos y formas que parecen surgir unas de otras. Aparecen ojos, rostros, organismos imaginarios y estructuras que recuerdan simultáneamente a células, flores y criaturas microscópicas.
Pero el principio fundamental continúa siendo el mismo.
Una forma se repite, se multiplica y genera otras formas.
La diferencia es que ahora la repetición ya no produce solamente una red homogénea: produce un mundo.
EVERY DAY I PRAY FOR LOVE
La investigación pictórica de Kusama continuó después de My Eternal Soul.
Desde 2021 comenzó una nueva serie titulada EVERY DAY I PRAY FOR LOVE. El Museo Yayoi Kusama señala que estas pinturas continúan explorando la proliferación de formas y colores.
El título introduce una dimensión diferente.
Después de décadas dedicadas a representar la proliferación, el infinito y la desaparición de los límites individuales, Kusama vincula ahora su pintura con una idea explícita de amor.
La repetición deja de ser solamente un procedimiento formal y adquiere también un sentido emocional.
Pintura, repetición e infinito
Observar la trayectoria de Yayoi Kusama permite descubrir una continuidad que puede quedar oculta cuando su obra se presenta únicamente a través de sus instalaciones más populares.
Las redes de fines de los años cincuenta, las acumulaciones de los sesenta, los espejos y las pinturas de las últimas décadas forman parte de una misma investigación.
El procedimiento cambia, pero la pregunta permanece.
¿Qué ocurre cuando una forma se repite hasta ocuparlo todo?
En una pintura, la repetición puede hacer desaparecer la diferencia entre figura y fondo.
En una escultura, puede transformar un objeto cotidiano.
En una instalación, puede convertir una habitación en un espacio sin límites.
En un espejo, puede multiplicar al espectador.
Y en una pintura tardía puede generar un universo entero de formas, colores y criaturas.
Por eso los lunares de Kusama no son simplemente un recurso decorativo. Son la expresión visible de una idea que atraviesa toda su obra: la posibilidad de multiplicar una forma hasta modificar nuestra percepción del mundo.
Una obra que sigue expandiéndose
Yayoi Kusama construyó una obra extraordinariamente coherente sin dejar de transformarse.
La joven que pintaba flores inquietantes en Japón, la artista que cubría enormes telas con redes en Nueva York, la creadora que llenó habitaciones de espejos y la pintora que en sus últimos años produjo cientos de composiciones pertenecen a una misma trayectoria.
En todas ellas aparece la misma voluntad de ir más allá de los límites de la imagen.
Quizás por eso la palabra infinito resulte tan adecuada para acercarse a su obra. No porque Kusama haya representado literalmente un espacio sin final, sino porque convirtió la repetición en una posibilidad abierta: una forma puede continuar, multiplicarse y transformarse una y otra vez.
Su pintura comenzó con flores, paisajes, semillas y formas orgánicas.
Con el tiempo, esas formas se expandieron hasta convertirse en un universo.
Y entre ambos extremos se encuentra una de las trayectorias más singulares de la pintura contemporánea.
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