Edward Gorey: biografía, obras y estilo del singular ilustrador estadounidense

Edward Gorey creó un mundo de niños desventurados, visitantes inexplicables, casas silenciosas y personajes extraños. Pero detrás de ese universo aparentemente victoriano había un artista profundamente estadounidense, fascinado por los libros, el teatro, el ballet y las posibilidades de la imagen.


Edward Gorey, The Doubtful Guest, criatura con bufanda junto a una urna y una balaustrada.
En The Doubtful Guest (1957), una criatura imposible aparece en una casa respetable y se instala en ella sin que nadie consiga explicar su presencia. La escena resume el humor extraño y la inquietud tranquila que caracterizan a Gorey.


Edward Gorey nació en Chicago en 1925 y murió en Cape Cod en 2000. Durante casi medio siglo construyó una obra que resulta difícil de acomodar en una sola categoría. Fue escritor, ilustrador, diseñador de libros, dibujante, escenógrafo, diseñador de vestuario y autor de pequeñas historias en las que unas pocas palabras podían alterar por completo el sentido de una imagen.

En sus dibujos hay algo que parece antiguo. Hombres con largos abrigos, mujeres con vestidos de otra época, niños con ropa de marinero, casas silenciosas, jardines demasiado ordenados. Sin embargo, ese mundo no pertenece a la Inglaterra victoriana que tantas veces se le atribuye: Gorey era de Chicago y apenas tuvo contacto con Inglaterra. Su única visita a Europa fue un viaje a las islas británicas en 1975.

La apariencia inglesa de sus dibujos era, en realidad, una construcción. Gorey había leído muchísimo, conocía la ilustración del siglo XIX, el cine mudo, la literatura fantástica y detectivesca y una enorme cantidad de imágenes procedentes de épocas y lugares diferentes. Todo aquello terminó mezclándose en un universo que parece familiar y, al mismo tiempo, imposible de ubicar.


Un comienzo entre libros, teatro y dibujos

Gorey estudió literatura francesa en Harvard entre 1946 y 1950. Allí no se limitó a estudiar: escribió, dibujó, diseñó escenografías y participó en el Poets' Theatre, un espacio experimental de Cambridge en el que también participaron escritores y poetas como Frank O'Hara, John Ashbery y Alison Lurie. Gorey diseñaba carteles y programas, trabajaba en los decorados y también escribía y dirigía.

Esta experiencia temprana ayuda a entender algo que después será fundamental en sus libros: Gorey nunca pensó la imagen de manera aislada. El dibujo podía convivir con una palabra, una escenografía, un personaje, una letra o una secuencia de imágenes.

Cartel ilustrado por Edward Gorey para el Poets' Theatre de Cambridge.
Gorey diseñó carteles y programas para el Poets' Theatre y también participó como escritor, director y diseñador de escenografías. El teatro fue uno de los primeros lugares donde pudo unir literatura, dibujo y puesta en escena.


En 1953 llegó a Nueva York para trabajar en Doubleday Anchor, donde comenzó diseñando cubiertas de libros. Realizó más de cincuenta y pronto fue reconocido por un estilo que no necesitaba grandes superficies ni colores llamativos para hacerse visible.

Una de aquellas cubiertas resulta especialmente interesante porque permite descubrir algo que Gorey haría durante toda su carrera: no ilustraba necesariamente lo que el libro contaba literalmente.

Cubierta de Redburn de Herman Melville diseñada por Edward Gorey, con un joven marinero y tres hombres en un barco.
En esta cubierta para Redburn, Gorey utiliza unas pocas figuras y una composición muy contenida para sugerir una relación entre los personajes. La imagen no reproduce literalmente una escena de la novela: funciona como una interpretación visual de su atmósfera.


Las cubiertas de Anchor fueron importantes porque allí Gorey pudo experimentar con una economía que luego trasladaría a sus propios libros. Una línea podía sugerir una figura; un gesto podía reemplazar una explicación; un espacio vacío podía resultar tan expresivo como una superficie llena.

Pero en 1953 comenzó también algo más importante: Gorey empezó a escribir e ilustrar sus propios libros.


Mr. Earbrass y el nacimiento de un mundo propio

The Unstrung Harp; or, Mr. Earbrass Writes a Novel fue su primer libro.

El protagonista es un escritor llamado Mr. Earbrass que intenta escribir una novela. Gorey convierte la actividad literaria en una sucesión de pequeñas dificultades, rutinas y obsesiones. El tema tenía una relación evidente con su propia vida, aunque sería exagerado llamarlo simplemente autobiográfico.

Mr. Earbrass sentado ante su escritorio entre papeles y libros en una ilustración de Edward Gorey.
Mr. Earbrass trabaja rodeado de papeles, libros y objetos. La acumulación de detalles y el personaje visto desde atrás anticipan uno de los recursos favoritos de Gorey: contar una historia sin explicar completamente lo que está ocurriendo.


Hay una diferencia importante entre este primer libro y muchos de los que vendrían después. The Unstrung Harp tiene bastante más texto. En sus obras posteriores, Gorey irá reduciendo las palabras hasta convertirlas en breves versos, frases aisladas o incluso hacerlas desaparecer.

También irá haciendo más precisa su línea.

La tinta negra se convertirá en su principal herramienta. El entramado de líneas permite construir paredes, telas, árboles, alfombras y sombras. En los originales, las distintas intensidades de la tinta producen una riqueza que las reproducciones impresas no siempre conservan. La Edward Gorey House ha señalado precisamente esa diferencia entre los dibujos originales y sus reproducciones: el artista obtenía oscuridad y profundidad mediante capas de líneas cruzadas y variaciones en el grosor del trazo.


Cuando lo extraño entra en una casa

En 1957 publicó The Doubtful Guest.

La situación es sencilla: una extraña criatura llega a una casa durante una noche de invierno y se queda.

No sabemos exactamente qué es.

Tampoco sabemos de dónde viene.

Y lo más extraño es que la familia termina aceptando su presencia como si se tratara de una molestia doméstica más.

La criatura se mueve por la casa, rompe cosas, desaparece y vuelve a aparecer. El absurdo no necesita explicación. La casa sigue siendo una casa, aunque dentro de ella viva algo que no debería estar allí.

Ese mecanismo se convertirá en una de las claves del humor de Gorey: introduce una anomalía en un mundo cuidadosamente ordenado y deja que los personajes se adapten a ella.


Los niños de Gorey

Durante los años sesenta el mundo de Gorey se volvió más oscuro.

En The Hapless Child, una niña queda atrapada en una cadena de desgracias que parece salida de un melodrama del siglo XIX. El libro tiene algo de parodia de la tragedia sentimental, pero Gorey no necesita burlarse abiertamente de ella. La exageración de las situaciones y la serenidad de los dibujos producen el efecto.

Cubierta de The Hapless Child de Edward Gorey, con una niña rodeada por figuras aladas y ornamentos.
La cubierta de The Hapless Child presenta a la niña enmarcada por criaturas aladas y ornamentos que recuerdan una ilustración antigua. El contraste entre esa delicadeza y la desgracia que atraviesa el relato es característico del humor de Gorey.


Pero sería The Gashlycrumb Tinies, publicado en 1963, el libro que fijaría definitivamente su imagen pública.

La estructura es la de un abecedario infantil. Veintiséis niños aparecen asociados a veintiséis muertes.

La idea es macabra, pero el tratamiento no lo es en el sentido habitual. Gorey no representa la muerte de manera espectacular. Muchas veces basta una habitación, una ventana, una escalera o un niño que mira hacia algún lugar.

Ilustración de The Gashlycrumb Tinies con dos niños sentados en una habitación junto a una botella.
En The Gashlycrumb Tinies, Gorey convierte la muerte en una sucesión de pequeñas escenas casi domésticas. La imagen conserva la apariencia de un libro infantil mientras el texto introduce un humor cada vez más oscuro.


La distancia entre imagen y texto es fundamental.

En lugar de mostrar una escena violenta, Gorey muchas veces deja que el lector imagine lo que falta. Investigaciones sobre el libro han señalado además su relación con las convenciones visuales de las representaciones victorianas de la muerte. Una escena como la de Clara, por ejemplo, recuerda deliberadamente las imágenes de la “buena muerte” victoriana, pero Gorey transforma ese lenguaje en algo absurdo.

Ese procedimiento explica por qué sus dibujos pueden resultar inquietantes sin ser necesariamente terroríficos.


The West Wing: cuando la historia desaparece

En el mismo año publicó The Vinegar Works, una caja que reunía tres libros: The Gashlycrumb Tinies, The Insect God y The West Wing.

Los tres muestran hasta dónde había llegado su lenguaje.

Pero The West Wing es quizá el experimento más radical.

No hay una historia explicada mediante palabras.

Hay habitaciones.

Puertas.

Pasillos.

Objetos.

Y personajes que aparecen y desaparecen.

Interior de The West Wing de Edward Gorey, con una figura parcialmente oculta entre paredes cubiertas de vegetación.
En The West Wing, Gorey abandona prácticamente el relato escrito y deja que los interiores construyan la historia. Puertas, paredes, vegetación y figuras incompletamente visibles se convierten en pistas para el lector.


La propia Edward Gorey House explica que The West Wing fue el más problemático de los tres libros de The Vinegar Works porque Gorey no trabajaba a partir de un texto argumental. Las imágenes fueron realizadas en distintos momentos y la historia terminó surgiendo de las relaciones que el espectador establece entre ellas.

Es una idea muy moderna para un artista que deliberadamente parecía antiguo.

Gorey no siempre cuenta una historia: a veces construye las condiciones para que nosotros la inventemos.


Las palabras también forman parte del dibujo

Hay otro detalle que ayuda a comprender sus libros: Gorey dibujaba sus propias letras.

La exposición O Sordid Type, actualmente dedicada a su lettering, destaca que prácticamente todo el texto de sus libros fue realizado a mano. Incluso en los espacios más pequeños —como las páginas de copyright de sus libros diminutos— las letras forman parte de su trabajo gráfico.

Fragmento de escritura manuscrita de Edward Gorey sobre papel.
En Gorey, las palabras también tienen una apariencia gráfica. Sus letras dibujadas conservan una irregularidad deliberada que refuerza el carácter antiguo y ligeramente sospechoso de sus historias.


Esto explica por qué sus libros se reconocen incluso antes de empezar a leerlos.

El dibujo y la palabra pertenecen al mismo mundo.


El ballet detrás de sus personajes

Una influencia menos evidente fue la danza.

Gorey se convirtió en un espectador apasionado del New York City Ballet y de George Balanchine. La relación fue unilateral: Balanchine no fue su colaborador, pero Gorey asistió durante décadas a las funciones de la compañía y consideraba al coreógrafo una de sus influencias fundamentales.

Esta afición permite mirar nuevamente sus dibujos.

Las figuras de Gorey suelen estar muy quietas, pero cuando se mueven lo hacen con una precisión casi coreográfica. Brazos, piernas, vestidos y cuerpos aparecen organizados dentro de la página como si estuvieran siguiendo una secuencia.

En The Gilded Bat, la danza deja de ser una influencia oculta y pasa directamente al tema.

Bailarina de Edward Gorey saltando entre formaciones rocosas bajo un cielo nocturno.
La bailarina parece suspendida en medio del salto, rodeada por un paisaje imposible. En The Gilded Bat, Gorey llevó directamente a sus libros su fascinación por el ballet y por el movimiento cuidadosamente organizado.


El interés por la danza también ayuda a comprender algo menos evidente: el ritmo de los libros de Gorey.

Una página prepara la siguiente.

Una frase corta obliga a pasar la página.

Una figura aparece y luego desaparece.

El movimiento no está solamente dentro de las imágenes: está en la forma en que el lector recorre el libro.


Del dibujo al escenario

Gorey había trabajado en el teatro desde sus años universitarios, pero su mayor éxito teatral llegó con Dracula.

En 1973 diseñó los decorados y vestuario para una producción en Nantucket. Cuatro años después el espectáculo llegó a Broadway como Edward Gorey's Dracula y obtuvo dos premios Tony, incluido el de mejor vestuario. El éxito económico de la obra permitió a Gorey comprar en 1979 la antigua casa de un capitán de barco en Yarmouth Port que luego se convertiría en museo.

Lo interesante es que Gorey no abandonó su lenguaje al pasar al teatro.

Llevó sus dibujos al espacio.

Diseño escenográfico de Edward Gorey para Dracula, con una cripta gótica de arcos y bóvedas.
La arquitectura de Dracula convierte el rayado de Gorey en espacio teatral. Los arcos, las sombras y la repetición de líneas trasladan al escenario el mismo mundo de interiores inquietantes que había construido en sus libros.


Un artista que hizo del libro su propio territorio

Gorey produjo 116 obras de autor y realizó ilustraciones para cientos de libros de otros escritores. También trabajó con cubiertas, carteles, grabados, teatro, animación y formatos experimentales. En 1972 reunió quince de sus primeros libros en Amphigorey, una recopilación que incluía The Unstrung Harp, The Doubtful Guest, The Hapless Child, The Gashlycrumb Tinies, The Insect God y The West Wing.

Pero esa enorme variedad no significa que Gorey cambiara constantemente de estilo.

Más bien ocurrió lo contrario.

Fue llevando el mismo universo de un medio a otro.

El dibujo podía convertirse en cubierta de un libro, página de una historia, cartel teatral, diseño de vestuario o escenografía. La misma línea podía describir una habitación, un cuerpo, un vestido o una criatura imposible.

Y aunque su obra suele ser descrita como gótica, esa etiqueta se queda corta. El propio material de la Edward Gorey House insiste en influencias mucho más amplias: nonsense, simbolismo, dadaísmo, surrealismo, ilustración del siglo XIX, cine mudo, literatura, teatro y cultura popular.

Tal vez sea mejor pensar en Gorey como un artista que inventó una tradición propia.

Sus imágenes parecen pertenecer al pasado, pero la forma de utilizarlas es moderna. Sus libros pueden parecer infantiles, aunque no se comportan como libros infantiles convencionales. Sus historias parecen macabras, pero muchas veces el humor termina imponiéndose al miedo.

Y sobre todo, Gorey deja algo sin resolver.

Una puerta.

Una habitación.

Una criatura.

Un niño que mira.

Una frase que no explica demasiado.

El lector tiene que completar lo que falta.

Ahí reside buena parte de la permanencia de su obra: Gorey no nos entrega un mundo completamente explicado. Nos invita a entrar en él y a descubrir qué puede estar ocurriendo detrás de aquello que decidió no mostrar.


Para explorar

Fuentes consultadas