Los ahorcados de Francisco Goitia: una de sus grandes obras sobre la Revolución
Una serie nacida de la violencia
Los ahorcados es el nombre con el que se conoce a la serie de obras que Francisco Goitia realizó en torno a 1914, durante el período en que estuvo vinculado a las fuerzas revolucionarias. El Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura señala que la experiencia de Goitia durante la Revolución Mexicana dio origen a esta serie, caracterizada por paisajes áridos en los que aparecen cuerpos inertes como huella de la violencia del conflicto.
Lejos de representar la Revolución como una gesta heroica, Goitia mostró aquello que quedaba después del enfrentamiento: cadáveres, paisajes desolados, animales que sobrevuelan los cuerpos y una naturaleza que parece continuar indiferente frente a la muerte.
La serie constituye así una de las aproximaciones más inquietantes de Goitia a la violencia y a la condición humana.
Los ahorcados o Paisaje de Zacatecas con ahorcados I
La imagen que habitualmente se conoce como Los ahorcados presenta dos cuerpos suspendidos de un árbol en un paisaje de tonos amarillos, ocres y azules. El suelo aparece cubierto de restos óseos y pequeñas formas animales, mientras varias aves sobrevuelan la escena.
La composición produce una sensación extraña: el horror no aparece acompañado por una acción dramática. La violencia ya ocurrió. Lo que permanece es el paisaje y aquello que la guerra dejó detrás.
El punto de vista bajo sitúa al espectador frente al terreno árido. Los cuerpos se recortan contra el cielo y adquieren una presencia casi irreal, mientras las ramas del árbol organizan la composición.
Un estudio publicado por la revista Valenciana identifica esta obra como Los ahorcados o Paisaje de Zacatecas con ahorcados I y destaca precisamente la presencia de los dos cuerpos, las aves y la vegetación seca. También señala que Goitia transforma el paisaje tradicional en un escenario de violencia y desolación.
Pero la pintura no funciona solamente como registro de una escena de guerra. La naturaleza ocupa un lugar fundamental: el árbol, la tierra amarillenta, el cielo y las aves continúan existiendo mientras los cuerpos permanecen suspendidos. La vida y la muerte aparecen reunidas dentro de un mismo espacio.
Paisaje de Zacatecas con ahorcados II
La segunda obra permite comprender mejor el alcance de la serie.
El MUNAL conserva Paisaje de Zacatecas con ahorcados II y la registra como una obra de c. 1914. En ella, un paisaje desértico ocupa prácticamente toda la superficie, mientras los cadáveres aparecen sujetos a troncos secos y varias aves de rapiña sobrevuelan el lugar.
Aquí el paisaje adquiere todavía mayor protagonismo. Los cuerpos no son simplemente figuras colocadas delante de un fondo: forman parte de una naturaleza seca, silenciosa y hostil.
La escala también modifica la experiencia del espectador. La extensión del terreno hace que los cuerpos parezcan pequeños frente al espacio que los rodea. La violencia humana queda absorbida por un paisaje que parece continuar indefinidamente.
El MUNAL interpreta la obra en relación con la desolación producida por la Revolución Mexicana y destaca el modo en que Goitia utiliza el paisaje para expresar las condiciones políticas y sociales de su tiempo.
Dos paisajes y una misma visión de la muerte
Las dos versiones de Paisaje de Zacatecas con ahorcados no deben entenderse simplemente como repeticiones de un mismo motivo.
En ambas aparece una combinación de elementos que Goitia utiliza para construir una visión profundamente inquietante: cuerpos suspendidos, árboles secos, tierra árida, restos animales y aves de rapiña.
Sin embargo, cada composición organiza esos elementos de manera diferente.
En la primera versión, la presencia del árbol y de los cuerpos concentra rápidamente la mirada. La escena parece aparecer de improviso ante el espectador.
En la segunda, el paisaje adquiere una presencia más extensa. Los cuerpos forman parte de un espacio abierto y desolado en el que la muerte parece prolongarse más allá de los límites del cuadro.
En las dos pinturas, Goitia evita el heroísmo. No aparecen los protagonistas de una batalla ni una escena de triunfo. Tampoco hay una narración explícita que explique quiénes fueron los muertos.
Son víctimas anónimas.
Y precisamente esa ausencia de identidad transforma la escena particular en una imagen más amplia sobre las consecuencias de la violencia.
La Revolución vista desde sus consecuencias
Francisco Goitia acompañó al ejército revolucionario como pintor y observador, vinculado al general Felipe Ángeles. El INBAL señala que de esa experiencia surgió la serie Los ahorcados.
Esta circunstancia resulta fundamental para comprender las pinturas.
Goitia no necesitó representar una batalla para hablar de la guerra. Mostró sus consecuencias.
Los cuerpos suspendidos funcionan como una evidencia brutal de aquello que sucede cuando el conflicto termina: la muerte permanece en el territorio.
En este sentido, Los ahorcados se distancia tanto de la pintura histórica tradicional como de las representaciones heroicas de la Revolución. El protagonista ya no es el combatiente, sino el paisaje después de la violencia.
El paisaje como testimonio
Una de las mayores singularidades de estas pinturas es que el paisaje no funciona como simple escenario.
La tierra seca, los árboles, las aves y el cielo participan en la construcción del significado.
La naturaleza parece registrar la violencia sin intervenir en ella.
En Paisaje de Zacatecas con ahorcados I, los colores relativamente claros del cielo y de la tierra contrastan con la oscuridad de los cuerpos y las ramas. En la segunda versión, la amplitud del espacio intensifica todavía más la sensación de abandono.
Goitia convierte así el paisaje en una forma de memoria.
No muestra solamente lo que ocurrió: muestra un territorio que parece conservar las huellas de aquello que ocurrió.
Una pintura contra el olvido
La fuerza de Los ahorcados reside también en aquello que la serie no explica.
No sabemos quiénes fueron exactamente los muertos representados. No conocemos sus historias individuales. El cuadro no ofrece nombres ni acontecimientos concretos.
Solo quedan los cuerpos y el paisaje.
Esa ausencia convierte la pintura en una imagen sobre las víctimas anónimas de la violencia. La Revolución aparece aquí no como una sucesión de episodios heroicos, sino como una experiencia humana marcada también por el miedo, la muerte y la destrucción.
Por eso Los ahorcados ocupa un lugar singular dentro de la producción de Goitia. Es una pintura profundamente vinculada a la historia mexicana y, al mismo tiempo, una reflexión sobre una experiencia que atraviesa distintas sociedades y épocas: la capacidad de la violencia para transformar a las personas y los territorios.
Otras obras relacionadas con la experiencia revolucionaria
El tema de la violencia no terminó en Los ahorcados. Otras obras de Goitia se relacionan con sus experiencias durante y después de la Revolución, entre ellas El Ahorcado, El Maderista (El desesperado) y Cabeza de ahorcado.
Sin embargo, estas obras no deben confundirse con las dos pinturas que constituyen el núcleo de esta entrada. Los ahorcados designa específicamente la serie de paisajes con cuerpos suspendidos desarrollada alrededor de 1914.
La distinción es importante porque permite comprender la evolución del tema dentro de la producción de Goitia sin convertir todas sus representaciones de la muerte en una única serie.
La importancia de Los ahorcados
Los ahorcados ocupa un lugar singular dentro de la pintura de Francisco Goitia porque reúne algunas de sus preocupaciones fundamentales: la violencia, la muerte, la pobreza, la naturaleza y la condición humana.
Pero su importancia no depende solamente de aquello que representa.
Goitia encontró una manera particular de hablar de la Revolución sin convertirla en espectáculo. En sus paisajes no hay grandes escenas multitudinarias ni composiciones monumentales. Hay silencio, espacio y cuerpos abandonados.
Ese silencio es precisamente lo que vuelve tan inquietantes estas pinturas.
Más de un siglo después, Los ahorcados continúa enfrentando al espectador con una pregunta difícil de evitar: qué queda de una guerra cuando desaparecen los discursos y solamente permanece el paisaje con sus muertos.