GONZALO ENDARA CROW: pinturas, realismo mágico y un paisaje que se vuelve imposible

Gonzalo Endara Crow, Llueven campanas, paisaje andino con campanas flotantes
Llueven campanas, Gonzalo Endara Crow. El paisaje ecuatoriano se transforma en un escenario donde lo cotidiano y lo extraordinario conviven.

Gonzalo Endara Crow (Bucay, Ecuador, 1936 – Quito, 1996) construyó uno de los universos más reconocibles de la pintura ecuatoriana contemporánea. Sus paisajes están poblados de montañas, pueblos, trenes, campanas, flores, animales y personajes que parecen pertenecer a un mundo conocido y, al mismo tiempo, obedecer otras leyes.

Su nombre aparece con frecuencia relacionado con el realismo mágico, pero su pintura tiene una personalidad que excede cualquier clasificación. Endara no necesita abandonar la realidad para imaginarla de otra manera. Su procedimiento es más sutil: toma elementos del paisaje ecuatoriano y de la vida cotidiana y los desplaza ligeramente hasta convertirlos en algo extraordinario.

En sus cuadros, lo imposible sucede con naturalidad.

Llueven campanas

En Llueven campanas, el paisaje adquiere una dimensión inesperada. Las montañas, las construcciones y el cielo conservan su apariencia reconocible, pero las campanas introducen una alteración decisiva.

No hay dramatismo en el acontecimiento. Nadie parece sorprenderse. Las campanas simplemente están allí, suspendidas sobre el territorio.

Esta naturalidad es una de las claves de Endara. Lo maravilloso no llega desde otro mundo: aparece dentro del mundo cotidiano.

El artista encuentra así una manera particular de transformar el paisaje. No lo abandona ni lo convierte en una escenografía fantástica. Lo conserva y modifica su lógica desde adentro.

El paisaje como memoria

La relación de Endara con el paisaje ecuatoriano es profunda. Sus pueblos, montañas y caminos no funcionan únicamente como escenarios. Son espacios cargados de recuerdos, experiencias y asociaciones culturales.

En sus pinturas, la geografía puede convertirse en una forma de memoria.

Por eso sus paisajes tienen algo de real y algo de imaginado. Las casas parecen pertenecer a un lugar concreto, pero sus proporciones, colores y relaciones espaciales las llevan hacia otro territorio. Las montañas son reconocibles y, sin embargo, parecen pertenecer también a un sueño.

El resultado es una pintura en la que la memoria modifica aquello que recuerda.

El color de un mundo propio

Gonzalo Endara Crow, Flor del sol, pintura de colores intensos
Flor del sol, 1989, Gonzalo Endara Crow. Acrílico sobre lienzo y de 120 × 80 cm. El color ocupa un lugar central en la construcción de su universo pictórico.

El color es otro de los grandes protagonistas de su obra.

En Flor del sol, la intensidad cromática convierte la imagen en una experiencia visual inmediata. El color no se limita a describir las cosas: las transforma.

Endara encontró una fuente importante de inspiración en los colores y formas de las artesanías ecuatorianas. Esa influencia ayuda a comprender la intensidad de sus composiciones, donde los tonos pueden adquirir una fuerza casi independiente del motivo representado.

Sus paisajes parecen iluminados desde dentro.

La pintura deja entonces de ser solamente una representación de un lugar y comienza a construir un mundo visual propio.

Por todas partes

Gonzalo Endara Crow, Por todas partes, paisaje ecuatoriano fantástico
Por todas partes, 1993. Acrílico sobre lienzo, colección particular.

En Por todas partes, de 1993, el paisaje parece prolongarse más allá de sus propios límites. Los elementos se distribuyen por el espacio como si pertenecieran a una realidad en expansión.

El título puede leerse como una clave del universo de Endara: aquello que caracteriza su pintura aparece una y otra vez, en diferentes combinaciones. Paisaje, naturaleza, movimiento y fantasía forman un repertorio que el artista reorganiza constantemente.

No se trata de repetir una fórmula, sino de construir un lenguaje.

El Tren Volador

Gonzalo Endara Crow, El tren volador, tren suspendido sobre un paisaje andino
El tren volador, 1989, Gonzalo Endara Crow. Un tren atraviesa el cielo sobre un paisaje andino, convirtiendo un elemento ligado a la historia ecuatoriana en una imagen fantástica.

El tren es uno de los motivos más reconocibles de Endara Crow.

En El Tren Volador, de 1989, el ferrocarril abandona las vías y atraviesa el cielo sobre un paisaje poblado de casas, montañas y colores intensos.

La imagen parece imposible, pero el tren conserva toda su identidad.

Esa contradicción es fundamental. Endara no convierte el tren en una criatura fantástica. Sigue siendo un tren. Lo que cambia es aquello que puede hacer.

El ferrocarril, asociado también a recuerdos de infancia y al paisaje ecuatoriano, se convierte en una imagen de movimiento, viaje y libertad. El tren ya no comunica simplemente dos lugares: se desprende del territorio y atraviesa el aire.

La niña, su padre y el perro que ya murió

Gonzalo Endara Crow, La niña, su padre y el perro que ya murió
La niña, su padre y el perro que ya murió, 1993, Gonzalo Endara Crow. Acrílico sobre lienzo. La escena incorpora la memoria y la vida cotidiana a su universo fantástico.

En esta obra aparece otra dimensión de la pintura de Endara: la memoria afectiva.

El título introduce una ausencia antes incluso de que comience la contemplación de la imagen. El perro ya murió, pero permanece dentro de la escena.

La infancia aparece entonces como un territorio doble: es el espacio de la imaginación, pero también el de aquello que se pierde.

La luminosidad característica de Endara adquiere aquí un tono diferente. Bajo los colores intensos existe una pintura capaz de hablar de la desaparición, del recuerdo y del paso del tiempo.

La imaginación también viaja

El universo de Endara está lleno de desplazamientos.

Trenes, caminos, vehículos y paisajes sugieren continuamente la posibilidad de ir hacia otro lugar. Pero sus viajes no parecen responder solamente a una necesidad geográfica.

Son también viajes de la imaginación.

El paisaje permanece, pero algo dentro de él se mueve. Un camino puede convertirse en una invitación; un tren puede abandonar la tierra; una montaña puede adquirir una dimensión fantástica.

En Endara, viajar significa también modificar la manera de mirar.

Una serie de serigrafías: el universo de Endara fuera del lienzo

La imaginación de Endara no quedó limitada a la pintura. Durante la década de 1980 desarrolló también una importante producción gráfica, entre ella varias serigrafías realizadas en 1988.

Estas obras permiten observar cómo sus motivos podían trasladarse a otro lenguaje sin perder su identidad.

Siguen llegando

Siguen llegando, Gonzalo Endara, 1988, serigrafía, 70 × 50 cm
Siguen llegando, 1988. Serigrafía, 70 × 50 cm. Taller Arte Dos Gráfico.

En Siguen llegando, el movimiento vuelve a ocupar un lugar central. El paisaje, el tren y los elementos fantásticos se organizan como partes de una narración abierta.

El viaje vuelve a aparecer, pero ahora dentro de una imagen gráfica de gran intensidad cromática.

Por el tiempo

Por el tiempo, Gonzalo Endara, 1988, serigrafía, 50 × 70 cm
Por el tiempo, 1988. Serigrafía, 50 × 70 cm. Taller Arte Dos Gráfico.

En Por el tiempo, Endara vuelve sobre uno de sus temas constantes: el tránsito.

El tiempo, como el viaje, no aparece representado de una manera abstracta. Se convierte en paisaje, movimiento, objetos y transformaciones.

Sea el comienzo

Sea el comienzo, Gonzalo Endara, 1988, serigrafía, 50 × 70 cm
Sea el comienzo, 1988. Serigrafía, 50 × 70 cm. Taller Arte Dos Gráfico.

El camino adquiere aquí una dimensión casi narrativa. La imagen parece estar a punto de comenzar.

Como ocurre en muchas obras de Endara, el paisaje no ofrece una conclusión cerrada. Invita a imaginar qué ocurrió antes y qué podría suceder después.

Al mediodía

Al mediodía, Gonzalo Endara, 1988, serigrafía, 50 × 70 cm
Al mediodía, 1988. Serigrafía, 50 × 70 cm. Taller Arte Dos Gráfico.

En Al mediodía, el paisaje vuelve a convertirse en un espacio donde pueden convivir lo reconocible y lo insólito.

La obra gráfica confirma algo esencial: el lenguaje de Endara no dependía de un único soporte. Era una manera de construir imágenes.

Un mundo hecho de campanas, trenes, flores y montañas

Gonzalo Endara Crow, El colibrí
El colibrí, Gonzalo Endara Crow. La naturaleza ocupa un lugar central dentro del imaginario visual del artista.

A lo largo de su producción aparecen determinados motivos que funcionan casi como palabras dentro de un lenguaje: campanas, trenes, flores, animales, esferas, caminos y montañas.

No es necesario atribuir a cada uno un significado único.

Su importancia está también en la manera en que regresan.

Cada repetición hace reconocible el universo de Endara. Como si el artista hubiera construido un territorio propio y volviera constantemente a recorrerlo desde diferentes lugares.

Una pintura entre lo real y lo maravilloso

La etiqueta de realismo mágico ayuda a situar a Endara dentro de una tradición latinoamericana que encontró maneras de incorporar lo extraordinario a la experiencia cotidiana.

Pero su pintura posee una identidad propia.

El paisaje ecuatoriano no desaparece detrás de la fantasía. Al contrario: es precisamente aquello que permite que la fantasía exista.

La montaña hace posible el tren volador.

El cielo hace posible la lluvia de campanas.

El pueblo hace posible que una escena imposible conserve su apariencia cotidiana.

La naturaleza hace posible que una flor se transforme en un acontecimiento.

Endara trabaja así sobre una frontera muy particular. No pinta un mundo completamente fantástico ni representa la realidad de manera estrictamente naturalista.

Pinta el momento en que una realidad reconocible comienza a convertirse en otra cosa.

Gonzalo Endara Crow y la transformación de lo cotidiano

Sin título, Gonzalo Endara Crow, 1985, acrílico sobre lienzo
Sin título, 1985. Acrílico sobre lienzo, colección particular.

La obra de Endara puede parecer ingenua a primera vista por la claridad de sus formas y la intensidad de sus colores. Sin embargo, detrás de esa apariencia existe una construcción pictórica cuidadosamente organizada.

Sus composiciones combinan profundidad, perspectiva, repetición, escala y color para producir una realidad que parece sencilla y, al mismo tiempo, profundamente extraña.

La aparente simplicidad es parte de su eficacia.

Endara no necesita complicar la imagen para hacerla misteriosa.

Le basta con cambiar una cosa.

El universo de Gonzalo Endara Crow

La pintura de Endara permanece ligada a una experiencia profundamente latinoamericana del paisaje y de la memoria.

Sus montañas no son solamente montañas. Sus trenes no son solamente trenes. Sus campanas no son solamente campanas.

Cada elemento participa de un mundo en el que la realidad puede transformarse sin dejar de ser reconocible.

Quizás allí se encuentre la razón de la particular fuerza de su obra.

Gonzalo Endara Crow no pinta un mundo donde lo imposible reemplaza a lo real. Pinta un mundo en el que lo imposible siempre estuvo allí.

Y en ese paisaje, entre montañas, pueblos, trenes, campanas y colores intensos, la imaginación deja de ser una excepción para convertirse en otra forma de mirar.


Fuentes consultadas

Para explorar: